La novena puerta de Luca Pacioli

Por Juan Antonio Montero


El cazalibros Lucas Corso es un sagaz y muy poco escrupuloso buscador de libros raros, libros perdidos y libros malditos. Es uno de los mejores de su muy poco conocida profesión, y es difícil que no encuentre, por lo civil o por lo penal, los libros que sus clientes –muchas veces excéntricos millonarios que prefieren mantenerse en el anonimato- le suelen encargar.

Los lugares donde Corso husmea para cumplir sus encargos son variados: bibliotecas o archivos muchas veces semiabandonados, librerías de viejo, colecciones de libros puestos a la venta por herederos ávidos de dinero del finado coleccionista…

Un día, y mientras se halla ocupado tratando de autentificar un manuscrito atribuido a Alejandro Dumas, alguien le encomienda la búsqueda del único ejemplar que sobrevivió a la quema por parte de la Inquisición (con el editor también incluido en la hoguera, para dar ejemplo) del inquietante libro De Umbrarum Regni Novem Portis: “Las Nueve Puertas del Reino de las Sombras”. La última puerta a la que se refiere el libro, la novena, es la que revela el misterio de un terrible enigma.

Esto es pura ficción: es el argumento de la película de Roman Polanski “La Novena Puerta”, basada en la excelente novela “El Club Dumas” de Arturo Pérez-Reverte e interpretada en su papel estelar por Johnny Depp.

Lo que ya no es ficción es el hallazgo que acaba de realizarse del tratado perdido de ajedrez del matemático italiano Luca Pacioli (1445-1517). Se sabía que este manuscrito, “Il codice degli scachi” o “Juego de ajedrez”, también conocido como Schifanoia, se había escrito hace quinientos años, y la noticia del sensacional descubrimiento ha dado la vuelta al mundo, publicándose en los más importantes medios informativos, especializados y no especializados en ajedrez.

Desde luego, la forma como se ha encontrado el manuscrito perdido de Pacioli no tiene nada que ver ni con los métodos ni con el sistema de trabajo que empleaba el amigo cazalibros Corso. Lo ha hallado el eminente bibliófilo e historiador italiano Duilio Contin, que se sumergió entre los veintidós mil volúmenes de la prestigiosa Fundación Coronini Cronberg de Gorizia para localizarlo.

La colaboración de técnicos de la Fundación, como se detalla en las noticias aparecidas hasta ahora, fue fundamental: ellos pusieron en aviso a Contin de la existencia en la Fundación de un manuscrito anónimo sobre ajedrez, del que sabían muy poco más. Es bastante posible que el experto italiano, mientras pasaba una a una las páginas del manuscrito, expectante y quizás atónito ante lo que estaba viendo, actuara como Pérez-Reverte describe a Corso en su novela: “Extrajo uno de los volúmenes, infolio encuadernado en piel negra, a la veneciana… Corso lo tomó en sus manos, abriéndolo con mucho cuidado. La primera página impresa, la portada original, estaba en latín...”

El autor del tratado perdido y ahora encontrado de ajedrez, el insigne matemático Luca Pacioli, está considerado como “el padre de la contabilidad” y es un pionero en el cálculo de probabilidades. De procedencia muy humilde, Pacioli se forjó a sí mismo con un tesón extraordinario y muy joven tomó los votos de franciscano. Con cuarenta y nueve años publicó “Summa de arithmética”, donde recopiló gran parte del saber matemático de su tiempo.

El manuscrito encontrado de Pacioli se compone de cuarenta y ocho páginas dedicadas íntegramente al ajedrez tal y como se practica hoy en día, con problemas y partidas, e ilustrado con bellas piezas pintadas en finos colores rojo y negro. El tratado está dedicado a la marquesa de Mantua, Isabella d’Este, gran amante del juego del ajedrez, por la protección que ésta brindara a Pacioli y a un amigo suyo en cierta ocasión en que ambos tuvieron que huir de Milán.

Pero al igual que ocurre con las misteriosas puertas de “La Novena Puerta”, donde una puerta que se abre no alcanza a desvelar todo el enigma, el hallazgo del manuscrito perdido de ajedrez ha traído aparejado un misterio más: existe la posibilidad de que las piezas fueran pintadas por el genio del Renacimiento italiano Leonardo da Vinci, el amigo con el que Pacioli se estableció en Mantua tras abandonar Milán. La calidad de los trazos y la estrecha colaboración que mantuvieron Leonardo y Pacioli sustentan esta hipótesis, aunque resulta difícil de confirmar y existen datos que parecen refutar esta interpretación.

El gran Leonardo es también hoy en día protagonista de otro gran misterio -éste de la historia del arte-, que podría tener solución dentro de muy poco tiempo: la localización de la obra maestra perdida de “La batalla de Anghiari”. Leonardo pintó este cuadro mural en las paredes del Palazzo Vecchio de Florencia, aunque parece que no llegó a terminarlo del todo. Los que tuvieron la oportunidad de contemplarlo, aseguraban que era comparable en maestría a la Mona Lisa o a La última cena. Sin embargo, en sucesivas remodelaciones del palacio, desapareció cualquier vestigio de la obra. Durante siglos se pensó que la obra fue destruida.

Hacia el año 1970 el prestigioso restaurador italiano Maurizio Seracini, quien ha dedicado gran parte de su vida a investigar el misterio de la obra perdida de Leonardo, levantó un andamio en una de las salas del palacio para inspeccionar un enorme fresco pintado por Giorgio Vasari, gran pintor y admirador de Da Vinci. A doce metros de altura encontró una diminuta y enigmática inscripción que rezaba así: Cerca trova (el que busca, encuentra). Alentado por el descubrimiento de esta misteriosa clave, Seracini realizó exploraciones con tecnología militar y médica y detectó mediante radar que detrás de la obra de Vasari había una cámara de aire de aproximadamente dos centímetros: la hipótesis del investigador italiano es que, superpuesto tras este fresco, se puede encontrar “La batalla de Anghiari”. Las autoridades italianas, en medio de la aprobación general, acaban de conceder el permiso a Saracini para que lleve a cabo una investigación científica completa y se resuelva de una vez para siempre el enigma. Cerca trova: el que busca, encuentra.

Nuevamente, y como ha ocurrido durante siglos, las ciencias, las artes y el ajedrez vuelven a interrelacionarse en una pirueta que parece “el más difícil todavía”. Es una prueba más de que el juego del ajedrez –con sus peculiaridades y con sus propios enigmas- ha estado presente durante siglos en la mente de muchos de los prohombres de la cultura y de la ciencia europeas.

Hay más obras perdidas en la historia del ajedrez. Descubierta la "Schifanoia", a buen seguro que se redoblarán los esfuerzos para encontrarlas. Sin embargo, hay que ser cautos y no buscar obras perdidas que no lo son: es decir, que no están desaparecidas porque en realidad nunca existieron.

H. P. Lovecraft, uno de los grandes de la Literatura del siglo XX, hizo en varias de sus obras referencia al libro maldito denominado "Necronomicón", escrito por el poeta Abdul Al-Hazred en el siglo VIII. Este libro recopilaba fórmulas y rituales olvidados que servían para invocar a entidades sobrenaturales de inmenso poder, y que además permitían tener acceso a las dimensiones espacio-temporales donde estos seres o entidades habitan. La sola lectura del "Necronomicón", se decía, podía llevar a la locura y a la muerte. El escritor Iván Humanes trata en uno de sus últimos libros, “Malditos. La biblioteca olvidada”, acerca de Lovecraft, del Necronomicón y de otros enigmas de la historia de los libros perdidos y malditos.

Lo que ocurre es que en este caso el libro al que hacía referencia Lovecraft nunca existió. No fue una estafa ni una burla, sino el producto de la creación de un escritor que entendió que el hombre necesitaba encontrar soluciones a algo que nadie era capaz de explicar. Sin embargo, muchas personas creyeron –y algunos todavía creen- en la existencia de este libro, y en las universidades en que se suponía que se custodiaban con sigilo los escasos ejemplares que aún existían, mucha gente intentó por todos los medios obtener el codiciado ejemplar.

Es diferente lo que ocurre con el misterio de las piezas de ajedrez pintadas para el tratado de Luca Pacioli: la “novena puerta” particular de Pacioli es un enigma real, y se encuentra ahí para ser resuelto.

Si ocurre que resulta demasiado complicado averiguar quién las pintó realmente, siempre podría echarse mano del cazalibros Lucas Corso. Aunque puede suceder que el protagonista de “La Novena Puerta” pueda estar, como siempre, tratando de hallar lo imposible, y tal vez en esos momentos ande por esos mundos de Dios –o quizás del diablo, quién sabe-, y por encargo quizás de algún millonario excéntrico, a la caza y captura del ansiado y terrible "Necronomicón".

Fuente: http://chessmagic.juntaextremadura.net



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